sábado, 14 de abril de 2018

01. ¡LA INFLUENCIA DE LAS PALABRAS!


Estrechamente relacionada con la amonestación de Cristo acerca del pecado contra el Espíritu Santo, se halla la amonestación contra las palabras ociosas y perversas. Las palabras son un indicio de lo que hay en el corazón. "Porque de la abundancia del corazón habla la boca." Pero las palabras son más que un indicio del carácter; tienen poder para reaccionar sobre el carácter. 

Los hombres sienten la influencia de sus propias palabras. Con frecuencia, bajo un impulso momentáneo, provocado por Satanás, expresan celos o malas sospechas, dicen algo que no creen en realidad; pero la expresión reacciona sobre los pensamientos. Son engañados por sus palabras, y llegan a creer como verdad lo que dijeron a instigación de Satanás. 

Habiendo expresado una vez una opinión o decisión, son, con frecuencia, demasiado orgullosos para retractarse, y tratan de demostrar que tienen razón, hasta que llegan a creer que realmente la tienen. Es peligroso pronunciar una palabra de duda, peligroso poner en tela de juicio y criticar la verdad divina. 

La costumbre de hacer críticas descuidadas e irreverentes reacciona sobre el carácter y fomenta la irreverencia e incredulidad. Más de un hombre que seguía esta costumbre ha proseguido, inconsciente del peligro, hasta que estuvo dispuesto a criticar y rechazar la obra del Espíritu Santo.
 Jesús dijo: "Toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado." EGWDTG 290 

020. ¡YO SOY LA LUZ DEL MUNDO!


Era de mañana; el sol acababa de levantarse sobre el monte de las Olivas, y sus rayos caían con deslumbrante brillo sobre los palacios de mármol, e iluminaban el oro de las paredes del templo, cuando Jesús, señalándolo, dijo: "Yo soy la luz del mundo." 
 Mucho tiempo después estas palabras fueron repetidas, por uno que las escuchara, en aquel sublime pasaje: "En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no la comprendieron." "Era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.'* (Juan 1:4, 5,9). 

 Y mucho después de haber ascendido Jesús al cielo, Pedro también, escribiendo bajo la iluminación del Espíritu divino, recordó el símbolo que Cristo había usado: "Tenemos también la palabra profética más permanente, a la cual hacéis bien de estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar obscuro hasta que el día esclarezca, y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones."* (2 Pedro 1:19). 

 En la manifestación de Dios a su pueblo, la luz había sido siempre un símbolo de su presencia. A la orden de la palabra creadora, en el principio, la luz resplandeció de las tinieblas. La luz fue envuelta en la columna de nube de día y en la columna de fuego de noche, para guiar a las numerosas huestes de Israel. La luz brilló con tremenda majestad, alrededor del Señor, sobre el monte Sinaí.

 La luz descansaba sobre el propiciatorio en el tabernáculo. La luz llenó el templo de Salomón al ser dedicado. La luz brilló sobre las colinas de Belén cuando los ángeles trajeron a los pastores que velaban el mensaje de la redención. Dios es luz; y en las palabras: "Yo soy la luz del mundo," Cristo declaró su unidad con Dios, y su relación con toda la familia humana. Era él quien al principio había hecho "que de las tinieblas resplandeciese la luz." * (2 Cor. 4:6).



 Él (Cristo), es la luz del sol, la luna y las estrellas. Él era la luz espiritual que, mediante símbolos, figuras y profecías, había resplandecido sobre Israel. Pero la luz no era dada solamente para los judíos. Como los rayos del sol penetran hasta los remotos rincones de la tierra, así la luz del Sol de justicia brilla sobre toda alma. "Aquel era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo."

 El mundo ha tenido sus grandes maestros, hombres de intelecto gigantesco y penetración maravillosa, hombres cuyas declaraciones han estimulado el pensamiento y abierto vastos campos de conocimiento; y esos hombres han sido honrados como guías y benefactores de su raza. 
Pero hay Uno que está por encima de ellos. "Más a todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios." "A Dios nadie le vio jamás: el unigénito Hijo, que 430 está en el seno del Padre, él le declaró."*(Juan 1:12,18).

 Podemos remontar la línea de los grandes maestros del mundo hasta donde se extienden los anales humanos; pero la Luz era anterior a ellos. Como la luna y los planetas del sistema solar brillan por la luz reflejada del sol, así, hasta donde su enseñanza es verdadera, los grandes pensadores del mundo reflejan los rayos del Sol de justicia. Toda gema del pensamiento, todo destello de la inteligencia, procede de la Luz del mundo. 

 Hoy día oímos hablar mucho de la "educación superior."La verdadera "educación superior" la imparte Aquel "en el cual están escondidos todos los tesoros de sabiduría y conocimiento." "En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres."*Colosenses 2:3; Juan 1:4. 

 "El que me sigue --dijo Jesús,-- no andará en tinieblas, mas tendrá la luz de la vida." Con las palabras: "Yo soy la luz del mundo," Jesús declaró ser el Mesías. En el templo donde Cristo estaba enseñando, Simón el anciano lo había declarado "luz para ser revelada a los Gentiles, y la gloria de tu pueblo Israel."*(Lucas 2:32). En esas palabras, le había aplicado una profecía familiar para todo Israel. 

El Espíritu Santo había declarado por el profeta Isaías: "Poco es que tú me seas siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures los asolamientos de Israel: también te di por luz de las gentes, para que seas mi salud hasta lo postrero de la tierra."* (Isaías 49:6). Se entendía generalmente que esta profecía se refería al Mesías, y cuando Jesús dijo: "Yo soy la luz del mundo," el pueblo no pudo dejar de reconocer su aserto de ser el Prometido. DTG 428-430. MHP

019. ¡DESCUBRE LA LIBERTAD REAL! EGW


"De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado." Juan 8:34. 

 Ellos estaban en la peor clase de servidumbre: regidos por el espíritu del maligno. Todo aquel que rehúsa entregarse a Dios está bajo el dominio de otro poder. No es su propio dueño. Puede hablar de libertad, pero está en la más abyecta esclavitud. No le es dado ver la belleza de la verdad, porque su mente está bajo el dominio de Satanás. Mientras se lisonjea de estar siguiendo los dictados de su propio juicio, obedece la voluntad del príncipe de las tinieblas. Cristo vino a romper las cadenas de la esclavitud del pecado para el alma. "Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres." "Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús --se nos dice-- me ha librado de la ley del pecado y de la muerte."*(Romanos 8:2). 

 En la obra de la redención no hay compulsión. No se emplea ninguna fuerza exterior. Bajo la influencia del Espíritu de Dios, el hombre está libre para elegir a quien ha de servir. En el cambio que se produce cuando el alma se entrega a Cristo, hay la más completa sensación de libertad. La expulsión del pecado es obra del alma misma. Por cierto, no tenemos poder para librarnos a nosotros mismos del dominio de Satanás; pero cuando deseamos ser libertados del pecado, y en nuestra gran necesidad clamamos por un poder exterior y superior a nosotros, las facultades del alma quedan dotadas de la fuerza divina del Espíritu Santo y obedecen los dictados de la voluntad, en cumplimiento de la voluntad de Dios. La única condición bajo la cual es posible la libertad del hombre, es que éste llegue a ser uno con Cristo. 

"La verdad os libertará;" y Cristo es la verdad. El pecado puede triunfar solamente debilitando la mente y destruyendo la libertad del alma. La sujeción a Dios significa la rehabilitación de uno mismo, de la verdadera gloria y dignidad del hombre. La ley divina, a la cual somos inducidos a sujetarnos, es "la ley de libertad." *Santiago 2:12. EGWDTG 431,432. MHP